Mi nueva novela. Capítulo I.

Publicado: 24 marzo, 2011 en Literatura, Relato

Días sin nombre.

John Barragan.



Capítulo 1.

“Tristes guerras

si no es amor la empresa.

Tristes, tristes.

Tristes armas

si no son las palabras.

Tristes, tristes.

Tristes hombres

si no mueren de amores.

Tristes, tristes.”

Miguel Hernández. 

 

Allí estaba por fin el punto final de su viaje. Nunca hubiera imaginado hace tan sólo unas horas antes mientras el traqueteo del tren le iba adormeciendo, que iba a poder dormir en una cama. Aunque fuese la cama de un nuevo hogar, o mejor dicho de una nueva casa al menos, ya tendría tiempo de convertirla en un hogar cuando le diese tiempo de instalarse y colocar sus escasas pertenencias en  el nuevo piso, que según su amigo era –Un sitio genial, tío, te encantará el barrio y el piso, apenas hay vecinos porque es un bloque muy pequeño y pese a tener solo un par de habitaciones tendrás sitio de sobra para tus cosas-. Eso le había asegurado al menos Joan una semana antes, cuando le pidió a su amigo que le buscase un sitio barato y tranquilo donde meterse, ante su próxima vuelta a la ciudad tras una larga temporada de “retiro” en Cuba. 

Los motivos de dicha escapada a la isla caribeña se perdían en el hervidero que era ahora mismo su cabeza, plantado como un pasmarote delante del viejo y destartalado portal de su nueva vivienda. 

 El viejo bloque, de cuatro plantas contando un bajo a nivel de calle, había visto sin ninguna duda días mejores. La chapa de “El Instituto de la vivienda”, que coronaba la puerta junto al número de la calle, el 6, tenía oxidado el escudo de La falange y era casi idéntico a todos los bloques construidos en aquella época. Grises y totalmente gemelos unos de otros, como los edificios colmena de las afueras de las ciudades, donde las familias trabajadoras de clase media-baja colgaban sus miserias de las mismas cuerdas de tender donde se secaban al sol de aquella preciosa mañana, las ropas húmedas de la ultima colada. 

Las paredes desconchadas y con una urgente falta de varias capas de pintura, estaba decorada por las típicas pintadas de barrio;  desde alguna torpe declaración de amor, hasta varias firmas de grafiteros con esos caracteres que solo ellos conocen, pasando por un desafiante “Moros fuera de aquí”, pintado en rojo sobre el muro lateral del portal.A pesar de haber vivido toda su vida en aquella ciudad, a veces parecía no reconocerla. Era  como si durante los cuatro meses que había pasado fuera, la ciudad se hubiera transformado en una olla a presión, de malos sentimientos y gente sin esperanzas que ahora culpaban a los inmigrantes de la penosa situación de desempleo que sufría no solo aquella antaño rica ciudad turística, si no todo el país.A parte de las pintadas y los desconchones en las paredes, aquel pequeño bloque de viviendas era un total misterio para él, ya que a pesar de conocer la ciudad al completo, aquella era una parte que no solía visitar demasiado, así que tras contar las casas de sus potenciales vecinos, seis balcones, de uno de los cuales, el 2º derecha, (tercero contando el bajo), ondeaba la bandera nacional, dándole a aquel cochambroso edificio, la pinta de el ayuntamiento de algún lejano pueblo de republica bananera.  Y dos bajos sin balcón, sustituidos estos por dos grandes ventanales con verjas. En referencia a la bandera que se movía suavemente por la brisa de aquella mañana, pensó que lo que le molestaba de los nacionalistas, fuesen del signo que fuesen es que parecían no tener memoria, siempre tenían que tener su bandera cerca para no olvidar de donde eran. Los estadounidenses, según su lógica, eran las personas más desmemoriadas del planeta.

 Recogió sus dos maletas, se ajusto la mochila al hombro y tras sacar trabajosamente las llaves del bolsillo trasero de su vaquero, inspiró profundamente, y dio un paso hacia su nueva vida.

Al intentar abrir la puerta comprobó que el bombín de la cerradura no giraba, y tras pelearse unos minutos con esta, probó todo tipo de disparates para abrir la puerta. Siempre podría recurrir a llamar a algún timbre y pedir que le abriesen, pero no le parecía la manera más óptima de comenzar aquella nueva fase de su vida.

Cuando estaba a punto de rendirse, y tras haber probado todas las opciones lógicas y otras que no lo eran tanto: probar con otras llaves que sabía perfectamente que no eran, rebuscar en los bolsillos, darle la vuelta a la llave e incluso forcejear con la puerta, una voz a su espalda lo sobresaltó sacándolo de su ensimismamiento.

– ¿tienes algún problema muchacho?  La voz resonó con fuerza tras él, con una mezcla de firmeza y preocupación.

Soltó las maletas y se giró para conocer al dueño de aquella voz potente y modulada que parecía ser de un locutor de radio y que sin ninguna pertenecía al primero de sus vecinos que iba a conocer.

Era un hombre más bien menudo, de unos setenta años medianamente bien llevados y con una espesa mata de pelo blanco, rematada por un bigote igualmente poblado aunque no tan blanco como su cabello ya que estaba teñido por la nicotina justo bajo su nariz, y que le otorgaba el aire de un teniente de la guardia civil de principios del siglo XX. Su peculiar aspecto iba rematado por una boina de pana marrón adornada por una pequeña estrella roja, una camisa de cuadros verdes, pantalón también de pana y unas zapatillas de andar por casa. En sus manos llevaba un periódico enroscado y una barra de pan aún humeante, que disimulaba el olor a orines de gato que inundaba el portal.

-He dicho qué si tienes algún problema. Insistió su vecino del bigote manchado de tabaco.

-E, es, estoy bien gracias. Le contestó. – es solo que no acierto a abrir la puerta.

-Por tus maletas veo que eres nuevo, además en este bloque todos nos conocemos, solo hay ocho viviendas así que, o bien vienes a vivir con alguien, o vas a ocupar el tercero izquierda.

-Vaya! ya sabe usted más de mi que yo de usted. Si, he alquilado el tercero izquierda, bueno mi amigo Joan lo hizo por mi. Me llamo Karlos, con “K”, ¿y usted?  Dijo Karlos al tiempo que le brindaba la mano.

-Así que Karlos con k, eh?, ¿eres vasco o algo así? Le preguntó mirándolo de arriba abajo con una sonrisa burlona.

-No, soy de aquí, lo de la k de mi nombre fue un capricho de mi abuelo.

Mientras mis padres me leían de pequeño cuentos infantiles, el bueno de mi abuelo, me contaba batallitas de su juventud, de cómo asediaron a los fachas en el alcázar de Toledo y me leía libros de Marx, que desde luego yo no entendía, pero a él eso le hacía feliz.

-Muy bien Karlos con k, tu abuelo y yo nos llevaríamos bien. Yo soy Ramón, aunque en el bloque todos me llaman “el ruso”. Pásate un día por mi casa, el primero derecha, con un paquete de Ducados y una botella de tinto y te contaré por qué. Por cierto, esta puñetera puerta tiene truco, no deja entrar a los extraños, ahora que nos hemos presentado no tendrás problemas. Ramón se echó a un lado haciéndole a Karlos un gesto con la cabeza para que probase a abrir la puerta de nuevo, mientras picoteaba la punta de la barra de pan aún humeante.

Karlos giró la llave no demasiado convencido, y en efecto, ésta se abrió sin dar problemas. Ambos pasaron al interior del estrecho portal, que estaba bastante más limpio de lo que parecía sugerir el exterior. Las paredes parecían estar recientemente pintadas, y tan solo unos destartalados contadores de la luz, que parecían poder incendiarse en cualquier momento, daban un poco de mala imagen a aquel sitio, que estaba completado por ocho buzones sin nombre, en los que solo constaba el numero de la puerta, y las dos puertas de los bajos derecha e izquierda.

 Ramón miro en su buzón,  y refunfuño algo en voz baja, al comprobar que solo había facturas. Ambos subieron por la estrecha escalera que olía a lejía y Ramón se quedo en el primer piso.

-Aquí casi todos somos buena gente Karlos con k. Veras como estarás bien, y recuerda, si te aburres y no te importa pasar un rato con un viejo chalado…       Ramón no terminó la frase, cerró la puerta tras de sí, y Karlos  se vio solo de nuevo. Termino de subir los tres pisos, y llegó hasta la puerta de su nuevo piso. Ahora descubriría si su amigo Joan tenía razón cuando le dijo que le encantaría el lugar.

 Abrió sin esfuerzo la puerta, que al igual que la fachada exterior había visto sin duda alguna días mejores. Una chapita de aluminio tenia gravado el piso: 3º I. Cuando se disponía a entrar en casa, le llegó un olor familiar desde la puerta de su vecino del 3º D.  Un olor denso que inundaba toda la escalera, y sobre el que no había reparado hasta estar delante de la fuente, posiblemente porque estaba solapado tras el aroma a pino del frega suelos barato. Al fortísimo aroma a marihuana, lo acompañaba rítmicamente los acordes de algún grupo reggae que no llegó a reconocer.

-Vaya, vecinos fumetas- pensó. Y se metió en su nueva casa. El tercero izquierda de aquel bloque de pisos destartalados, donde le gustase o no, tendría que poner en marcha de nuevo su vida, tan desconchada y llena de pintadas ofensivas como los muros de fuera. Y aunque se sentía como un gato abandonado buscando refugio de la lluvia bajo un coche aparcado, algo en los huesos le decía que estaba a punto de comenzar una etapa muy intensa de su existencia.

 Nada más entrar, le sobresaltó una imagen justo frente a él. Un espejo de cuerpo entero le devolvía el reflejo de un hombre joven aunque sus sienes y su barba de una semana, comenzaba ya a mostrar pinceladas muy repartidas aún de gris. Las bolsas bajo sus ojos mostraban el largo viaje en tren y todas las preocupaciones y desilusiones que se habían ido acumulando en ese trastero que todos tenemos en algún lugar tras los ojos. Su antaño abundante melena, se había reducido a una mata rizada y desordenada de pelo a la altura de los hombros, y todavía se estaba arrepintiendo de haber puesto en práctica esa costumbre o creencia tan extendida entre las mujeres y tan equívoca, que dice que un corte de pelo supone un cambio de vida. Sonrío para sí, no sin cierto grado de arrepentimiento al pensar en tamaña estupidez.

Unos vaqueros gastados que pedían con urgencia un lavado, y una camiseta negra descolorida completaban su imagen el en espejo, junto a la gran maleta y la mochila que dejó a sus pies en cuanto entró en la casa.

 El piso, aunque  recogido y humilde, (o quizás, precisamente por eso…) no le desagradó de entrada, y a pesar de constar tan sólo de un par de pequeñas habitaciones, un minúsculo cuarto de baño que hedía a humedad y una cocina americana, sintió buenas vibraciones de aquel lugar e inmediatamente, tras comprobar en su móvil que nadie le había llamado ni enviado ningún mensaje, se dio una larga y reconfortante ducha, tras lo cual deshizo su escaso equipaje y trato de hacer de aquel lugar, un sitio suyo.

 Aquella misma tarde, cuando toda sus ropa, libros y escasas pertenecías estuvieron colocadas en su sitio, cayó en la cuenta de que tendría que abastecerse al menos, de lo mínimo necesario. No es que tuviera hambre, pero a pesar de que no le apetecía en absoluto salir, tarde o temprano tendría que hacerlo. Cogió lo poco limpio que encontró y salió a hacer la compra, decidido una vez que tuviera todo lo necesario, a quedarse al menos un par de días en casa hasta que supiera  por donde empezar.

El hecho de ir a comprar a un supermercado, era algo que lo estresaba sobremanera, las madres con los carritos de los niños que actuaban como si estuvieran solas en la tienda, ocupando el espacio y tomándose todo el tiempo que fuese necesario para hacer una trivial elección entre uno u otro producto. Esas personas que esperaban que tuvieras un producto prácticamente en las manos para abalanzarse sobre el como si fuese el último sobre la faz de la tierra. O las miradas perdidas y desinteresadas de las cajeras, que no hacían un ápice por disimular que odiaban su tedioso trabajo. En definitiva, a Karlos le resultaba enormemente desagradable, cualquier actividad en la que tuviera que relacionarse con desconocidos.

No era en absoluto una persona cerrada o antipática, pero si un gran amante de su espacio e intimidad, y se esforzaba por mantener ese espacio incluso en la calle.

Mientras llevaba mentalmente las cuentas del dinero de que disponía para saber si echar o no, otro pack de latas de cerveza al carro, cayó en la cuenta de que apenas le quedaban un par de meses de ayuda por desempleo, y tal y como estaban las cosas, ese era un margen muy pequeño para encontrar un trabajo digno, si claro está, tal cosa seguía existiendo.

 

 Metió la compra en bolsas ayudado por la desganada cajera, que seguramente estaba más cansada por el peso de los descomunales aros de imitación de oro de sus orejas, y a la cual sólo le faltaba un exótico loro posado en sus hombros, que por el trabajo en sí.

 Mientras volvía a casa, se desvió a propósito por su antiguo barrio que no quedaba muy alejado del nuevo y observó la multitud de cambios que se habían dado en apenas unos meses; tiendas a las que antes solía ir ahora acumulaban suciedad tras los escaparates pintarrajeados, multitud de bares y restaurantes a los que había ido multitud de veces, tenían ahora carteles de “Se vende” colgados. Y no sólo estaban los locales cerrados, también le llamó la atención los que habían cambiado de negocio. Especial sensación le causó el viejo quiosco de la Señora Paz, donde compró sus primeros comics siendo apenas un niño, o donde años más tarde compraría  sus primeros cigarrillos, esos mismos cigarros que se fumaban a escondidas entre tres o cuatro al salir del colegio. Ahora aquel viejo quiosco en el que podías encontrar desde chucherías hasta latas de fabada, pasando por lo más granado del comic, tanto patrio como americano,-o al menos así se lo parecía a él de niño-, se había convertido en un veinticuatro horas, mucho más práctico desde luego, pero que no formaba parte en absoluto de aquellos recuerdo de infancia, que son lo que nos da forma, tanto como nuestro propio esqueleto.

Si cerraba los ojos casi podía verse a sí mismo corriendo por aquellas callejuelas ahora medio desiertas, camino de los campos cercanos o de la casa de alguno de esos amigos que hacía ya demasiado tiempo que no veía, bien por trabajo, bien porque sus parejas los habían “retirado” de la vida pública o simplemente porque la vida, los separó con el tiempo, llevándolos por muy distintos derroteros.

Buscó entre todas aquellos rostros anónimos, alguno que no lo fuese tanto, alguna cara familiar, pero parecía como si aquella ciudad que había sido siempre la suya, menos los últimos cuatro meses, hubiera cambiado tanto como cambia el amor o los sueños de un adolescente.

Aquella ciudad que lo había visto crecer, le resultaba ahora extraña, aunque no hostil. Enfrascado en ese pensamiento le vino a la memoria la letra de una vieja canción de The Doors: “ People are strange when you´re  stranger, Faces look ungly when you are alone…”[1].

Tan ensimismado iba, que estuvo a punto de tropezar al dar una esquina, con una niña que estaba sentada junto a lo que le pareció una caja de madera tapada con una manta de felpa. Era una preciosa mulatita de unos 10 años con la cabeza totalmente cubierta de unas graciosas rastas cortitas recogidas en una cinta, que dejaba al descubierto unos grandes y verdes ojos que contrastaban con la tez de su piel, dándole un aire exótico y agradable. La niña que se asustó cuando vio que un transeúnte con cara de ir pensando en sus cosas y no verla, estuvo a punto de tropezar con la caja que con tanto celo parecía proteger, echo manos a la caja, y comprobó que su misterios contenido estaba en perfecto estado.

 -Disculpa canija, no te he visto. Dijo Karlos, usando el término “canija” no despectivamente si no con una sonrisa para quitarle un poco de hierro al susto que sin querer le acababa de propinar a la niña. Ésta sin apartarse  de la caja, miró a Karlos de arriba a abajo con sus enormes ojos y después los volvió hacia la caja, de la cual, Karlos ya creía adivinar el contenido.

-¿Son cachorros verdad?. Le dijo, al tiempo que dejando las bolsas en el suelo intentaba echar una ojeada.

La niña, intuyendo como sólo saben hacerlo los niños, que aquel tipo de aspecto desgarbado y camiseta de Spider-man, no suponía ninguna amenaza, le contestó: -Si señor, son gatitos, mi gata ha tenido cachorros y mi padre me ha dicho que tengo que deshacerme de ellos o lo hará el.

La preocupación y la pena se dibujó en el semblante de la niña.

-No me llames señor, me haces sentir viejo y sólo tengo treinta y un años. Me llamo Karlos con k, es una larga historia. ¿puedo echar un vistazo?, me encantan los gatos, de hecho tenía uno hasta hace unos seis meses.

Karlos no mentía, era un amante de los animales en general y de los gatos en particular.

La mulatita, lo miraba muy atenta, pero sin llegar a comprender muy bien la charla de aquel que a ella le parecía un señor, en el peor sentido de la palabra.

-Yo me llamo Alma, ¿quiere llevarse uno?, tenía cuatro y solo me quedan estos dos. La niña apartó la manta, y enseguida dos pares de patitas, unas blancas moteadas de marrón y otras negras, se asomaron seguidas de dos cabecitas a cual más tierna. El cachorro blanco moteado de marrón, tenía la mirada perdida y parecía estar enfermo, el negro sin embargo, daba la sensación de ser mucho más despierto, y una pequeña mancha blanca alrededor del cuello, como la marca de la soga del cuento de Poe, hizo que terminase decantándose por el. Miró al otro gato como si lo estuviese condenando a muerte e hizo ademán de sacar la cartera.

-¿Cuánto quieres? Pregunto a la niña.

-Sólo quiero que lo cuide usted. Contestó mientras se despedía del gatito con una caricia. Pero éste parecía estar más interesado en alcanzar una pulsera de cuero que Karlos llevaba en su diestra.

-Lo cuidaré, no te preocupes por eso. Ahora vivo no muy lejos de aquí, si vuelvo a verte te contare como va. Y suerte con el otro. Dijo no sintiéndose demasiado bien consigo mismo, por dejar allí al otro gatito, o por elegir el que sin duda tenía más opciones tanto de ser adoptado como de sobrevivir.

Karlos se pasó las tres bolsas de la compra que llevaba a la mano izquierda, y  cogiendo con suavidad a “Bats”[2] pues así había decido llamarla, con la derecha, la acomodó contra su pecho. La gatita dirigía ahora todo su interés en alcanzar uno de los rizos de Karlos.

-Adiós Alma, lo cuidaré, no te preocupes. Echó un último vistazo al otro gatito y se marchó.

 Estaba contento por tener un nuevo compañero de piso, pero se le había quedado cierto regusto amargo por el otro animalito. –Vamos Bats- Pensó, tienes que estar hambriento. Y se fueron de allí rumbo a casa.

 


[1] La gente es extraña cuando eres un desconocido, las caras te amenazan cuando estas solo.

[2]  Bats o Bubastis, diosa egipcia de los gatos.

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comentarios
  1. No se por qué lo ha puesto en cursiva, pero en fin.

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