Pequeños retazos de felicidad.

Publicado: 11 julio, 2012 en Reflexiones
Es un hecho demostrable, un verdadero dogma de fe de mi personalidad, y algo que cualquier persona que me conozca bien podría confirmar, que no me gustan los niños; es una de mis señas de identidad tan propias de mi, como las ideas de ultra izquierda, el “frikismo”, el amor por los animales o a la letra impresa.
 Obviamente jamás tendré un hijo, y no es uno de esos “jamases” como lo de “jamas me cortare el pelo”, “jamas trabajare en un burger” o “jamas veré una película de Isabel Coixet”, no señor. Es un jamas de los de “jamas seré del Real Madrid”, “jamas votaré al PPSOE”, “jamas me producirá indiferencia el sufrimiento de un animal” , “jamas dejare de leer comics”, “jamas me gustara la música electrónica”,”jamas dejare de pensar, que libertad igualdad y justicia marchan juntas o no marchan” o tantas otras de esas verdades absolutas mías…
 No por irresponsabilidad ni nada parecido, pero me parece un crimen traer hijos a este mundo que está más cerca de lo que lo ha estado jamás, de irse a pique. Bastante he sufrido y sufro por los animalitos que han compartido mi vida, como para que dependa de mi una personíta. Supongo que no me gustan porque los niños suelen ser mal educados y crueles con los animales. Quizás tendría tantas cosas que contar de muy cerca, sobre lo que es no educar o críar a un hijo con el cuidado necesario, y a mi, aunque no siempre lo consigo, me gusta aprender de los errores, incluso de los errores de los demás. Pero por otra parte, soy de esas personas a las que les cuesta resistirse a hacerle cualquier monería, generalmente asustar, a un bebé. Por supuesto si el bebé no es humano, principalmente gatitos, me vuelvo tonto y soy como un crío. Puede parecer una contradicción, pero soy así. Una vez leí, que estamos condicionados genéticamente a que nos gusten los bebés y que nos parezcan adorables. Y por los visto eso se da en todas las especies. Yo tendría que sacar mi propio POD * 1  en 1D100 (humor rolero) para hacerle algo a un animalito ,( POD/2 * 1 en 1D100 en el caso de gatos o hurones).
 Dicho esto quiero volver a lo de ser un crío, o más bien a esas etapas, generalmente ligadas a la infancia, cuando eramos felices. Todo esto viene por la foto de la hija de una amiga, que vi hace unos días. Por motivos obvios no voy a colgar la foto, pero intentare torpemente “como un suicida sin vocación” describirla-por dentro y por fuera- lo mejor que pueda.
 La foto en sí es la típica imagen estival de un parque, bañado por el intenso sol de julio,que hace resaltar el verde del césped (demasiado alto por cierto), y sobre todo el vestido ibizenco de hilo blanco de nuestra protagonista. Una preciosidad de niña de corta edad, con una larga melena rubio-castaña, un auténtico clon en miniatura de su madre, aunque con una expresión en su rostro muy distinto al de ésta. Y es ese y no otro- su expresión- el detalle que me llamó tanto la atención y que me llevó a la reflexión que intento ahora plasmar aquí. Su cara es la viva imagen de la felicidad, sus ojos color avellana y ligeramente oblicuos, sonríen abiertamente como sólo pueden sonreír así los ojos de los niños, al no haber contemplado demasiado el mundo que les ha tocado en suerte y brillan sobre una naricita que apenas se aprecia, por estar ella de frente. Su boca, manchada -como debe estarlo cualquier niño jugando en un parque-, aunque sonríe también, no lo hace tan abiertamente como sus ojos, y lo que realmente muestra es una mueca de profunda satisfacción. Es en definitiva, la foto de una niña absolutamente feliz. Pero, ¿cuál es el motivo de tanta dicha?, lo encontramos al final de su bronceado brazo derecho; mirando a la cámara casi desafiante, eleva cual cetro del reino de su felicidad, un cono de helado, churretoso y medio derretido, a pesar de la sombra que le otorga un árbol, que no se aprecia, pero que se adivina en la foto.
 La que podría ser una foto cualquiera, me conmovió y me inspiró a escribir, quizás por los momentos tan turbulentos e inciertos por los que estoy pasando. Me llevó a recordar esos tiempos, en los que era más fácil ser feliz, aunque eso mismo es una reflexión falsa, Con el paso del tiempo, tendemos a creer que vivimos épocas felices, cuando lo cierto, es que esa estrella fugaz que llamamos felicidad, se presenta en contadas y evanescentes ocasiones, y en el largo y lento transcurrir de la vida, son sólo segundos, los que apreciamos su estela de fuego. No obstante, si que existen multitud de pequeños momentos, en los que uno se dice a sí mismo, que es feliz. Son estos y no otros, los momentos que quiero evocar, quizás como ópio con el que adormecer la multitud de momentos desagradables que constituyen nuestra existencia. Intentando hacer una especia de cronología de pequeños momentos, mirando muy atrás, recuerdo los días de verano en la urbanización de mi amigo Paco Calvo. Horas y horas tirados en el césped, montando batallas que ríete tú de las “Termópilas”. Mi amigo Juan con sus GI.joe, Paco con sus Master del universo, y yo con mis super heroes de la serie que saco Mattel en los 80 sobre las Marvel secret wars. Wolverine y el Capitán Ámerica combatian encarnizadamente contra Skeletor y Ojos de serpiente al mismo tiempo. Y más tarde, corríamos mil aventuras en lo que nosotros llamábamos “Valle secreto” y que fue el escenario de nuestras correrías hasta que vallaron aquel lugar y lo convirtieron en una urbanización. Paco terminó yéndose a vivir a otro lugar, y Juan…, Juan es otra historia.
 También durante aquellos tiempos, recuerdo multitud de noches con mis amigos del cuartel, Rivas, Ruben y tantos otros. Las noches en el patio, escondiéndonos por lo que por aquel entonces nos perecían lugares oscuros y misteriosos. El momento del mes en el que salían los comics nuevos, y bajábamos al centro de Benidorm a buscar cada uno sus respectivas colecciones. Oler las cubiertas, con ese inconfundible aroma a tinta impresa, el cual prefiero a la más cara colonia anunciada en televisión por el modelo o el famosos de turno. Sentarnos todos juntos, en los portales de los edificios, y abrir despacio sus paginas, y acabar con la incertidumbre que nos corroía desde el mes anterior, acerca de la suerte de nuestros personajes favoritos. recuerdo esa sensación con intensidad, cuando se publicaba en España “La caída de los mutantes” que transcurrió entre los números 75-78 de la edición de forum de La patrulla X (X men). Aquella etapa de la que era y sigue siendo mi serie favorita, guionizada por Christ Claremont y dibujada por Marc Silvestri, una dupla que jamás podrá repetirse.
Conocer que había sido de tus héroes, era tan importante como lo es hoy en día conocer la situación laboral o política del país. Cuando terminabas tu comics mensual, sólo podías pensar en el siguiente. Recuerdo también la primera vez que leí las novelas de Elric, y me desperaba novela tras novela pensando ¿Pór qué este tío no se carga de una vez a su primo Yyrkoon? o la sensación contradictoria de felicidad ay tristeza al leer las últimas páginas de la novela final. Alegría por haber disfrutado a lo argo de tanta paginas de las desventuras del personaje, pero triste por conocer su destino y por no tener más páginas para darle vida. Supongo que poco más o menos nos pasó lo mismo a todos los seguidores de “Lost”. Después llegaron Hugo, German y “el kalvo”, y con ellos, las excursiones a “La Cantera” lo que hoy es Terra mítica -por desgracia- Todos los sábados por la mañana, de madrugada en ocasiones, llenábamos la mochila con unos bocatas, agua y muchas ganas de olvidarnos del colegio. Aquello terminó con un oportuno incendio que permitió al ayuntamiento tener una excusa para situar el ruinoso parque temático, en el que hasta entonces era el pulmón de Benidorm. Alguna acampada bajo las estrellas, con demasiado para fumar y muy poco de comer-pésima mezcla-. Aquellos fueron los tiempos también de las primeras partidas de rol, que fueron y seran siempre las mejores. Aquellas partidas de 5 y 6 horas, incluso noches enteras a veces. Star Wars, La llamada de Cthulhu, Stormbringer, Rune quest… las partidas al Vampiro en “The Pig and whistle” con el bar cerrado, el requiem de Beethoven de fondo y pizza como menú. Las partidas míticas también en la azotea de Juan…
 Otro concepto a destacar que me ha brindado muchos de estos retazos de felicidad ha sido la música. La primera vez que vi a Baron rojo en el Villena rock, siendo apenas un crío, S.A en Abraxas, La primera vez que vi a Reincidentes, y German tuvo que sacarme de entre la gente a rastras, porque por primera y única vez me subí a un escenario durante un concierto, nunca olvidare que fue durante “Pan de higo” versión de Rosendo. Al terminar la canción me tire del escenario junto a German, con la particularidad muy a tener en cuenta en aquella situación, de que estaba recientemente operado de una rodilla por un accidente de ciclomotor. Recuerdo autentica felicidad cuando vi a Iron maiden, y todo aquel despliegue de luz y sonido, de una de las bandas protagonistas de la banda (valga la redundancia) sonora de mi vida. El Viñarock, donde destacaron por encima de los demás, S.A, Reincidentes y Bebe. O sin ir más lejos el último concierto al que asistí, hace algunos añitos ya, de Marea. Dos horas largas, de poesía y rock & roll con voz de cazalla, ducados y penas mal curadas.
 También en el mundo de la musica, pero esta vez desde arriba, hubo muchos de esto momentos relacionados con mi banda, Boltxevikes; los primeros y decepcionantes ensayos, las litronas entre canción y canción, el primer concierto en Abraxas, o el último en “The Pig”.Hubo cientos de esos instantes dorados de tiempo, como mirar a German en medio de un solo de guitarra y ver esa misma cara que la niña de la foto, o corear con Hugo el estribillo de una canción y tener la certeza de que ambos estábamos sintiendo es adrenalina mágica. Qué importa que hubiera 50 personas o 200, esos momentitos se quedan flotando en la mente como las semillas de diente de león en la brisa.
Cambiando de tercio, y por aquella época también, recuerdo mi viaje a Cuba, pasear por lugares sobre los que tantas veces había leído, contemplar y tocar la historia con mis propios ojos y manos. experiencia que repetí en mi estancia por dos años en Toledo, recuerdo pasear por sus callejas y su catedral y sentirme muy pequeño, después volver a casa, contemplar mi Mediterraneo, y sentirme más pequeño aún…
Momento es este para, respirar un poco, dar una calada, y tomar otro traguíto de café, antes de de seguir poniendo en orden tantos recuerdos, ordenados más o menos cronológicamente.Pretendo hablar de esos momentos únicos y que sólo tienen valor o sentido para mi, y así pretendo que sea. Mis momentos son sólo mios,y no coinciden con los tuyos o los de aquel.Son fotogramas sueltos de un largometraje, y son posiblemente estos fotogramas,estas tomas falsas de nuestra vida, las que dejaríamos para destacar en una edición de “Director’s cut” en Blueray.
 Obvio intencionadamente los momentos compartidos con parejas, porque la felicidad que nos otorga el amor, es una forma de felicidad más intima, de la cual ya he tratado en este blog, y esas, “aquellas que olvidaron nuestros nombres…”, las de verdad, me las reservo para mí.
Hay algunos de estos momentos, que se han repetido a lo largo de los años, mis noches de radio y “Milenio 3”. Sí lo confieso, soy un fiel oyente de Iker Jimenez, desde que hace unos 9 años descubrí su programa mientras hacía zzaping en la radio, una noche estival en el valle de Toledo. Son estos momentos y no otros, aquellos que compartimos cuando nadie nos ve, quizás precisamente porque nadie nos ve… Son estos momentos como decía, los que constituyen esa fuerza inherente a nosotros, que nos guste o no,  hace que nos levantemos cada mañana de la cama.
Mi cabeza es un gran cajón de sastre, donde se aglutinan multitud de estas diapositivas, pequeños “flashbacks” que se mezclan y que me dejan aromas o sensaciones, el agua helada de Hoyos del espino. El olor a barbacoa y calimocho de la caseta de Sara. Las cervezas heladas, a las cuales Jorge y yo nos desafiábamos a tomar de un trago una pinta trás otra. Desde momentos impersonales como ver al Valencia c.f ganar títulos , sobre todo aquel gol de Ayala en La Rosaleda contra el Málaga, un gol que suponía una liga para el Valencia después de 32 años sin ganarla (creo recordar), ese cosquilleo que sentí cuando el gran defensa argentino remataba a la red de cabeza y después sin celebrar apenas el gol, pedía con un gesto de las manos, calma a sus compañeros, aunque no podía evitar, decirles con los ojos: -esta liga está ganada. Sin olvidar por supuesto, la satisfacción que da un trabajo bien hecho, como  cuando en mi etapa de jardinero, y construía con mi hermano algún jardin, y en unos pocos días. convertiamos con nuestro esfuerzo, una parcela vacía, en un precios lugar verde . Quiero decir, que desde momentos que no significan nada o pueden parecer triviales, como una victoria de nuestro equipo, leer una novela que nos apasione, o compartir una sopa de tomate frente al mar con la mujer de tus sueños, todos y cada uno de nosotros, tenemos un árbol bajo el que guarecernos de este mundo, que últimamente parece irse a pique, y un helado por el que sonreír.
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