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Mi nueva novela. Capítulo I.

Publicado: 24 marzo, 2011 en Literatura, Relato

Días sin nombre.

John Barragan.



Capítulo 1.

“Tristes guerras

si no es amor la empresa.

Tristes, tristes.

Tristes armas

si no son las palabras.

Tristes, tristes.

Tristes hombres

si no mueren de amores.

Tristes, tristes.”

Miguel Hernández. 

 

Allí estaba por fin el punto final de su viaje. Nunca hubiera imaginado hace tan sólo unas horas antes mientras el traqueteo del tren le iba adormeciendo, que iba a poder dormir en una cama. Aunque fuese la cama de un nuevo hogar, o mejor dicho de una nueva casa al menos, ya tendría tiempo de convertirla en un hogar cuando le diese tiempo de instalarse y colocar sus escasas pertenencias en  el nuevo piso, que según su amigo era –Un sitio genial, tío, te encantará el barrio y el piso, apenas hay vecinos porque es un bloque muy pequeño y pese a tener solo un par de habitaciones tendrás sitio de sobra para tus cosas-. Eso le había asegurado al menos Joan una semana antes, cuando le pidió a su amigo que le buscase un sitio barato y tranquilo donde meterse, ante su próxima vuelta a la ciudad tras una larga temporada de “retiro” en Cuba. 

Los motivos de dicha escapada a la isla caribeña se perdían en el hervidero que era ahora mismo su cabeza, plantado como un pasmarote delante del viejo y destartalado portal de su nueva vivienda. 

 El viejo bloque, de cuatro plantas contando un bajo a nivel de calle, había visto sin ninguna duda días mejores. La chapa de “El Instituto de la vivienda”, que coronaba la puerta junto al número de la calle, el 6, tenía oxidado el escudo de La falange y era casi idéntico a todos los bloques construidos en aquella época. Grises y totalmente gemelos unos de otros, como los edificios colmena de las afueras de las ciudades, donde las familias trabajadoras de clase media-baja colgaban sus miserias de las mismas cuerdas de tender donde se secaban al sol de aquella preciosa mañana, las ropas húmedas de la ultima colada. 

Las paredes desconchadas y con una urgente falta de varias capas de pintura, estaba decorada por las típicas pintadas de barrio;  desde alguna torpe declaración de amor, hasta varias firmas de grafiteros con esos caracteres que solo ellos conocen, pasando por un desafiante “Moros fuera de aquí”, pintado en rojo sobre el muro lateral del portal.A pesar de haber vivido toda su vida en aquella ciudad, a veces parecía no reconocerla. Era  como si durante los cuatro meses que había pasado fuera, la ciudad se hubiera transformado en una olla a presión, de malos sentimientos y gente sin esperanzas que ahora culpaban a los inmigrantes de la penosa situación de desempleo que sufría no solo aquella antaño rica ciudad turística, si no todo el país.A parte de las pintadas y los desconchones en las paredes, aquel pequeño bloque de viviendas era un total misterio para él, ya que a pesar de conocer la ciudad al completo, aquella era una parte que no solía visitar demasiado, así que tras contar las casas de sus potenciales vecinos, seis balcones, de uno de los cuales, el 2º derecha, (tercero contando el bajo), ondeaba la bandera nacional, dándole a aquel cochambroso edificio, la pinta de el ayuntamiento de algún lejano pueblo de republica bananera.  Y dos bajos sin balcón, sustituidos estos por dos grandes ventanales con verjas. En referencia a la bandera que se movía suavemente por la brisa de aquella mañana, pensó que lo que le molestaba de los nacionalistas, fuesen del signo que fuesen es que parecían no tener memoria, siempre tenían que tener su bandera cerca para no olvidar de donde eran. Los estadounidenses, según su lógica, eran las personas más desmemoriadas del planeta.

 Recogió sus dos maletas, se ajusto la mochila al hombro y tras sacar trabajosamente las llaves del bolsillo trasero de su vaquero, inspiró profundamente, y dio un paso hacia su nueva vida.

Al intentar abrir la puerta comprobó que el bombín de la cerradura no giraba, y tras pelearse unos minutos con esta, probó todo tipo de disparates para abrir la puerta. Siempre podría recurrir a llamar a algún timbre y pedir que le abriesen, pero no le parecía la manera más óptima de comenzar aquella nueva fase de su vida.

Cuando estaba a punto de rendirse, y tras haber probado todas las opciones lógicas y otras que no lo eran tanto: probar con otras llaves que sabía perfectamente que no eran, rebuscar en los bolsillos, darle la vuelta a la llave e incluso forcejear con la puerta, una voz a su espalda lo sobresaltó sacándolo de su ensimismamiento.

– ¿tienes algún problema muchacho?  La voz resonó con fuerza tras él, con una mezcla de firmeza y preocupación.

Soltó las maletas y se giró para conocer al dueño de aquella voz potente y modulada que parecía ser de un locutor de radio y que sin ninguna pertenecía al primero de sus vecinos que iba a conocer.

Era un hombre más bien menudo, de unos setenta años medianamente bien llevados y con una espesa mata de pelo blanco, rematada por un bigote igualmente poblado aunque no tan blanco como su cabello ya que estaba teñido por la nicotina justo bajo su nariz, y que le otorgaba el aire de un teniente de la guardia civil de principios del siglo XX. Su peculiar aspecto iba rematado por una boina de pana marrón adornada por una pequeña estrella roja, una camisa de cuadros verdes, pantalón también de pana y unas zapatillas de andar por casa. En sus manos llevaba un periódico enroscado y una barra de pan aún humeante, que disimulaba el olor a orines de gato que inundaba el portal.

-He dicho qué si tienes algún problema. Insistió su vecino del bigote manchado de tabaco.

-E, es, estoy bien gracias. Le contestó. – es solo que no acierto a abrir la puerta.

-Por tus maletas veo que eres nuevo, además en este bloque todos nos conocemos, solo hay ocho viviendas así que, o bien vienes a vivir con alguien, o vas a ocupar el tercero izquierda.

-Vaya! ya sabe usted más de mi que yo de usted. Si, he alquilado el tercero izquierda, bueno mi amigo Joan lo hizo por mi. Me llamo Karlos, con “K”, ¿y usted?  Dijo Karlos al tiempo que le brindaba la mano.

-Así que Karlos con k, eh?, ¿eres vasco o algo así? Le preguntó mirándolo de arriba abajo con una sonrisa burlona.

-No, soy de aquí, lo de la k de mi nombre fue un capricho de mi abuelo.

Mientras mis padres me leían de pequeño cuentos infantiles, el bueno de mi abuelo, me contaba batallitas de su juventud, de cómo asediaron a los fachas en el alcázar de Toledo y me leía libros de Marx, que desde luego yo no entendía, pero a él eso le hacía feliz.

-Muy bien Karlos con k, tu abuelo y yo nos llevaríamos bien. Yo soy Ramón, aunque en el bloque todos me llaman “el ruso”. Pásate un día por mi casa, el primero derecha, con un paquete de Ducados y una botella de tinto y te contaré por qué. Por cierto, esta puñetera puerta tiene truco, no deja entrar a los extraños, ahora que nos hemos presentado no tendrás problemas. Ramón se echó a un lado haciéndole a Karlos un gesto con la cabeza para que probase a abrir la puerta de nuevo, mientras picoteaba la punta de la barra de pan aún humeante.

Karlos giró la llave no demasiado convencido, y en efecto, ésta se abrió sin dar problemas. Ambos pasaron al interior del estrecho portal, que estaba bastante más limpio de lo que parecía sugerir el exterior. Las paredes parecían estar recientemente pintadas, y tan solo unos destartalados contadores de la luz, que parecían poder incendiarse en cualquier momento, daban un poco de mala imagen a aquel sitio, que estaba completado por ocho buzones sin nombre, en los que solo constaba el numero de la puerta, y las dos puertas de los bajos derecha e izquierda.

 Ramón miro en su buzón,  y refunfuño algo en voz baja, al comprobar que solo había facturas. Ambos subieron por la estrecha escalera que olía a lejía y Ramón se quedo en el primer piso.

-Aquí casi todos somos buena gente Karlos con k. Veras como estarás bien, y recuerda, si te aburres y no te importa pasar un rato con un viejo chalado…       Ramón no terminó la frase, cerró la puerta tras de sí, y Karlos  se vio solo de nuevo. Termino de subir los tres pisos, y llegó hasta la puerta de su nuevo piso. Ahora descubriría si su amigo Joan tenía razón cuando le dijo que le encantaría el lugar.

 Abrió sin esfuerzo la puerta, que al igual que la fachada exterior había visto sin duda alguna días mejores. Una chapita de aluminio tenia gravado el piso: 3º I. Cuando se disponía a entrar en casa, le llegó un olor familiar desde la puerta de su vecino del 3º D.  Un olor denso que inundaba toda la escalera, y sobre el que no había reparado hasta estar delante de la fuente, posiblemente porque estaba solapado tras el aroma a pino del frega suelos barato. Al fortísimo aroma a marihuana, lo acompañaba rítmicamente los acordes de algún grupo reggae que no llegó a reconocer.

-Vaya, vecinos fumetas- pensó. Y se metió en su nueva casa. El tercero izquierda de aquel bloque de pisos destartalados, donde le gustase o no, tendría que poner en marcha de nuevo su vida, tan desconchada y llena de pintadas ofensivas como los muros de fuera. Y aunque se sentía como un gato abandonado buscando refugio de la lluvia bajo un coche aparcado, algo en los huesos le decía que estaba a punto de comenzar una etapa muy intensa de su existencia.

 Nada más entrar, le sobresaltó una imagen justo frente a él. Un espejo de cuerpo entero le devolvía el reflejo de un hombre joven aunque sus sienes y su barba de una semana, comenzaba ya a mostrar pinceladas muy repartidas aún de gris. Las bolsas bajo sus ojos mostraban el largo viaje en tren y todas las preocupaciones y desilusiones que se habían ido acumulando en ese trastero que todos tenemos en algún lugar tras los ojos. Su antaño abundante melena, se había reducido a una mata rizada y desordenada de pelo a la altura de los hombros, y todavía se estaba arrepintiendo de haber puesto en práctica esa costumbre o creencia tan extendida entre las mujeres y tan equívoca, que dice que un corte de pelo supone un cambio de vida. Sonrío para sí, no sin cierto grado de arrepentimiento al pensar en tamaña estupidez.

Unos vaqueros gastados que pedían con urgencia un lavado, y una camiseta negra descolorida completaban su imagen el en espejo, junto a la gran maleta y la mochila que dejó a sus pies en cuanto entró en la casa.

 El piso, aunque  recogido y humilde, (o quizás, precisamente por eso…) no le desagradó de entrada, y a pesar de constar tan sólo de un par de pequeñas habitaciones, un minúsculo cuarto de baño que hedía a humedad y una cocina americana, sintió buenas vibraciones de aquel lugar e inmediatamente, tras comprobar en su móvil que nadie le había llamado ni enviado ningún mensaje, se dio una larga y reconfortante ducha, tras lo cual deshizo su escaso equipaje y trato de hacer de aquel lugar, un sitio suyo.

 Aquella misma tarde, cuando toda sus ropa, libros y escasas pertenecías estuvieron colocadas en su sitio, cayó en la cuenta de que tendría que abastecerse al menos, de lo mínimo necesario. No es que tuviera hambre, pero a pesar de que no le apetecía en absoluto salir, tarde o temprano tendría que hacerlo. Cogió lo poco limpio que encontró y salió a hacer la compra, decidido una vez que tuviera todo lo necesario, a quedarse al menos un par de días en casa hasta que supiera  por donde empezar.

El hecho de ir a comprar a un supermercado, era algo que lo estresaba sobremanera, las madres con los carritos de los niños que actuaban como si estuvieran solas en la tienda, ocupando el espacio y tomándose todo el tiempo que fuese necesario para hacer una trivial elección entre uno u otro producto. Esas personas que esperaban que tuvieras un producto prácticamente en las manos para abalanzarse sobre el como si fuese el último sobre la faz de la tierra. O las miradas perdidas y desinteresadas de las cajeras, que no hacían un ápice por disimular que odiaban su tedioso trabajo. En definitiva, a Karlos le resultaba enormemente desagradable, cualquier actividad en la que tuviera que relacionarse con desconocidos.

No era en absoluto una persona cerrada o antipática, pero si un gran amante de su espacio e intimidad, y se esforzaba por mantener ese espacio incluso en la calle.

Mientras llevaba mentalmente las cuentas del dinero de que disponía para saber si echar o no, otro pack de latas de cerveza al carro, cayó en la cuenta de que apenas le quedaban un par de meses de ayuda por desempleo, y tal y como estaban las cosas, ese era un margen muy pequeño para encontrar un trabajo digno, si claro está, tal cosa seguía existiendo.

 

 Metió la compra en bolsas ayudado por la desganada cajera, que seguramente estaba más cansada por el peso de los descomunales aros de imitación de oro de sus orejas, y a la cual sólo le faltaba un exótico loro posado en sus hombros, que por el trabajo en sí.

 Mientras volvía a casa, se desvió a propósito por su antiguo barrio que no quedaba muy alejado del nuevo y observó la multitud de cambios que se habían dado en apenas unos meses; tiendas a las que antes solía ir ahora acumulaban suciedad tras los escaparates pintarrajeados, multitud de bares y restaurantes a los que había ido multitud de veces, tenían ahora carteles de “Se vende” colgados. Y no sólo estaban los locales cerrados, también le llamó la atención los que habían cambiado de negocio. Especial sensación le causó el viejo quiosco de la Señora Paz, donde compró sus primeros comics siendo apenas un niño, o donde años más tarde compraría  sus primeros cigarrillos, esos mismos cigarros que se fumaban a escondidas entre tres o cuatro al salir del colegio. Ahora aquel viejo quiosco en el que podías encontrar desde chucherías hasta latas de fabada, pasando por lo más granado del comic, tanto patrio como americano,-o al menos así se lo parecía a él de niño-, se había convertido en un veinticuatro horas, mucho más práctico desde luego, pero que no formaba parte en absoluto de aquellos recuerdo de infancia, que son lo que nos da forma, tanto como nuestro propio esqueleto.

Si cerraba los ojos casi podía verse a sí mismo corriendo por aquellas callejuelas ahora medio desiertas, camino de los campos cercanos o de la casa de alguno de esos amigos que hacía ya demasiado tiempo que no veía, bien por trabajo, bien porque sus parejas los habían “retirado” de la vida pública o simplemente porque la vida, los separó con el tiempo, llevándolos por muy distintos derroteros.

Buscó entre todas aquellos rostros anónimos, alguno que no lo fuese tanto, alguna cara familiar, pero parecía como si aquella ciudad que había sido siempre la suya, menos los últimos cuatro meses, hubiera cambiado tanto como cambia el amor o los sueños de un adolescente.

Aquella ciudad que lo había visto crecer, le resultaba ahora extraña, aunque no hostil. Enfrascado en ese pensamiento le vino a la memoria la letra de una vieja canción de The Doors: “ People are strange when you´re  stranger, Faces look ungly when you are alone…”[1].

Tan ensimismado iba, que estuvo a punto de tropezar al dar una esquina, con una niña que estaba sentada junto a lo que le pareció una caja de madera tapada con una manta de felpa. Era una preciosa mulatita de unos 10 años con la cabeza totalmente cubierta de unas graciosas rastas cortitas recogidas en una cinta, que dejaba al descubierto unos grandes y verdes ojos que contrastaban con la tez de su piel, dándole un aire exótico y agradable. La niña que se asustó cuando vio que un transeúnte con cara de ir pensando en sus cosas y no verla, estuvo a punto de tropezar con la caja que con tanto celo parecía proteger, echo manos a la caja, y comprobó que su misterios contenido estaba en perfecto estado.

 -Disculpa canija, no te he visto. Dijo Karlos, usando el término “canija” no despectivamente si no con una sonrisa para quitarle un poco de hierro al susto que sin querer le acababa de propinar a la niña. Ésta sin apartarse  de la caja, miró a Karlos de arriba a abajo con sus enormes ojos y después los volvió hacia la caja, de la cual, Karlos ya creía adivinar el contenido.

-¿Son cachorros verdad?. Le dijo, al tiempo que dejando las bolsas en el suelo intentaba echar una ojeada.

La niña, intuyendo como sólo saben hacerlo los niños, que aquel tipo de aspecto desgarbado y camiseta de Spider-man, no suponía ninguna amenaza, le contestó: -Si señor, son gatitos, mi gata ha tenido cachorros y mi padre me ha dicho que tengo que deshacerme de ellos o lo hará el.

La preocupación y la pena se dibujó en el semblante de la niña.

-No me llames señor, me haces sentir viejo y sólo tengo treinta y un años. Me llamo Karlos con k, es una larga historia. ¿puedo echar un vistazo?, me encantan los gatos, de hecho tenía uno hasta hace unos seis meses.

Karlos no mentía, era un amante de los animales en general y de los gatos en particular.

La mulatita, lo miraba muy atenta, pero sin llegar a comprender muy bien la charla de aquel que a ella le parecía un señor, en el peor sentido de la palabra.

-Yo me llamo Alma, ¿quiere llevarse uno?, tenía cuatro y solo me quedan estos dos. La niña apartó la manta, y enseguida dos pares de patitas, unas blancas moteadas de marrón y otras negras, se asomaron seguidas de dos cabecitas a cual más tierna. El cachorro blanco moteado de marrón, tenía la mirada perdida y parecía estar enfermo, el negro sin embargo, daba la sensación de ser mucho más despierto, y una pequeña mancha blanca alrededor del cuello, como la marca de la soga del cuento de Poe, hizo que terminase decantándose por el. Miró al otro gato como si lo estuviese condenando a muerte e hizo ademán de sacar la cartera.

-¿Cuánto quieres? Pregunto a la niña.

-Sólo quiero que lo cuide usted. Contestó mientras se despedía del gatito con una caricia. Pero éste parecía estar más interesado en alcanzar una pulsera de cuero que Karlos llevaba en su diestra.

-Lo cuidaré, no te preocupes por eso. Ahora vivo no muy lejos de aquí, si vuelvo a verte te contare como va. Y suerte con el otro. Dijo no sintiéndose demasiado bien consigo mismo, por dejar allí al otro gatito, o por elegir el que sin duda tenía más opciones tanto de ser adoptado como de sobrevivir.

Karlos se pasó las tres bolsas de la compra que llevaba a la mano izquierda, y  cogiendo con suavidad a “Bats”[2] pues así había decido llamarla, con la derecha, la acomodó contra su pecho. La gatita dirigía ahora todo su interés en alcanzar uno de los rizos de Karlos.

-Adiós Alma, lo cuidaré, no te preocupes. Echó un último vistazo al otro gatito y se marchó.

 Estaba contento por tener un nuevo compañero de piso, pero se le había quedado cierto regusto amargo por el otro animalito. –Vamos Bats- Pensó, tienes que estar hambriento. Y se fueron de allí rumbo a casa.

 


[1] La gente es extraña cuando eres un desconocido, las caras te amenazan cuando estas solo.

[2]  Bats o Bubastis, diosa egipcia de los gatos.

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>Otra vez en la brecha…

Publicado: 10 febrero, 2011 en Reflexiones, Relato

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Hace algunos años (más de los que me gusta reconocer…), pedí a mis padres como regalo de cumpleaños una maquina de escribir, de esas que comenzaban a salir, con su pantallíta (o display), donde podías corregir tus fallos, antes de pulsar la tecla para que el artilugio se pusiera a imprimir, con ese característico e hipnótico sonido, aunque en el caso de las maquinas eléctricas no era ya tan mágico. Era una maquina moderna pero modesta para la época, y con ella quería sacarme de mi adolescente cabeza, alguna historia que me revoloteaba por aquel entonces. Tras más de un intento frustrado y buenas ideas que se me tornaban infantiles y vacías según las iba escribiendo,
abandoné un par de borradores y varias decenas de paginas en un lugar semi enterrado de mis cabeza y habitación.
La ahora vieja maquina, descansa en un armario en el garaje junto a algúnos de esos peculiares cartuchos de cinta de tinta que usaba.
Ayer, como auto regalo anticipado de cumpleaños, me he hecho con un ordenador de segunda mano, viejo pero potente, y noto en los huesos que ha llegado el momento de coger algunas de esas ideas, que al igual que yo han ido desarrollándose y madurando, y plasmarlas en papel ( o en el disco duro de momento) de una vez por todas.
Lo de escribir mi novela, es una idea que se ha postergado ya demasiado tiempo, y ahora, a las 13.13 de la tarde, sentado frente a mi nuevo equipo, y escuchando al “flaco de Ubeda” decirme desde los altavoces a través de “Spotify” que:
“Lo que sé del olvido lo aprendí de la luna,
lo que sé del pecado lo tuve que buscar,
como un ladrón debajo de la falda de laguna,
de cuyo nombre ahora no me quiero acordar…”
Creo que ha llegado ese momento de sentarme horas y horas frente a esta pantalla y a un cenicero lleno de esperanzas, ha sacarme de algún lugar tras los ojos, unos cientos de paginas, y los demonios que van intrínsecamente unidos a ellas.
de hecho, la idea de crear este blog, fue para ir ensayando y corrigiendo mis numerosos fallos y vicios como “escritor” principiante.
Según vaya viendo como marchan los acontecimientos, puede que publique las primeras paginas por aquí.
Deseadme suerte, escribir es una aventura de la cual conocemos el principio, pero jamas la duración ni el final…

>MITOS (Acerca de la muerte). Cuento corto.

Publicado: 14 octubre, 2010 en Relato

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Era una vieja Star A-40 9mm parabellum largo, fabricada en Eibar. De cachas marrón roble y armadura color negro acero mate. La había encontrado un par de días antes escondida en la parte de atrás de el viejo armario de su abuelo, en su estuche negro, forrado de terciopelo rojo. Nunca entendió por qué a un instrumento tan potencialmente dañino se lo decoraba tanto. Era como el espectáculo y la “pompa” de el funeral de un viejo dictador. Seguramente aquel estuche, llevara allí varios años, desde que su abuelo se jubilo, y su contenido no se habría usado más que en las rutinarias practicas de tiro.

Es un mito muy extendido entre la gente, que cuando uno sabe que va a morir, vienen a la mente ciertas cosas que hay que hacer. Cosas desesperadas o empresas que quedaron a medias. Locuras más o menos posibles, que jamás haríamos de tener que enfrentarnos a las consecuencias el día después.
Nada mas lejos de la verdad; cuando un sabe que va a morir, tan sólo puede pensar en eso, en el final de todo. Nunca en llamar a ese viejo amor que se quedo por el camino, o en escalar una montaña para contemplar atónito un último amanecer. En la vida real como en el cine español, nunca hay finales felices, sólo carne cruda.La psicología nos dice, que cuando alguien realmente quiere morir, no lo avisa, si no que lo hace sin más. Él había avisado muchas veces, pidió ayuda a amigos y extraños, a voz voz en grito en ocasiones y con su críptico modo de ser en muchas otras. Pero todo el mundo tiene su vida, y si no nos detenemos a mirar el sucio rostro de un mendigo tirad en la calle, porque iba nadie a escuchar su grito desesperado.

Repasó mentalmente el motivo de tener aquella pesada semiautomatica en las manos. Demasiados problemas sobre su joven aunque cansada espalda; la perdida de los pocos “amarres” que le unían al puerto de la esperanza; el ser poco útil para si mismo y para los demás y sobre todo, haberse convertido en una carga para aquellos que fingían quererlo.Dos lágrimas espesas mantenían una lenta carrera a lo largo de sus mejillas por ver cual se precipitaba primero al vacío desde su mentón sin afeitar. El lastimero maullido de “Neva” su gata, lo saco de su ensimismamiento. la llamó así porque la había encontrado un par de meses atrás medio muerta de frió en un riachuelo cercano, y le pareció apropiada la “broma” histórica, había pensado llamarla “Rasputín” en un principio, pero al pasar un par de meses se dio cuenta de que se había equivocado con el género del felino, y le puso el nombre del río en el que se ahogo el célebre monje siberiano, tras haber sido apuñalado, envenenado y tiroteado. -Espero que lo mío no sea tan complicado. Sonrió macabramente para sus adentros al recordar los motivos del nombre de la gata. Ésta, jugueteaba ajena a lo que allí iba a suceder con una caja de balas.” Empresa Nacional Santa Bárbara de industriales Militares S.A. Toledo. 25 cartuchos 9mm NATO PARABELLUM.” rezaba la parte superior de la cajita objetivo de las juguetonas zarpas del animal. La abrió, y saco de su interior el contenido, una especie de “huevera” de plástico blanco, en el que alineadas en formación había 25 balas de color cobrizo tirando a verde. Cogió una al azar entre los dedos pulgar e índice de su mano izquierda y la contemplo con esa misma fascinación con la que minutos atrás había observado el arma que sostenía en su derecha.-Así que vas a ser tu…? Pensó. Le parecía increíble que una cosa tan pequeña pudiese significar el final de todo.
Apretando un pequeño botón justo en la base de la empuñadura de la pistola, libero el cargador y metió un par de balas dentro, después con un golpe seco, volvió a meterlo. Sujetandola fuerte en la mano izquierda, usó la derecha para amartillar el arma, teniendo cuidado de no acompañar el movimiento de la corredera para no encasquillarla, fallo habitual de aquellos que sólo saben manejar un arma por lo que han visto en las películas yankees. Aquella vieja Star A-40, hízo un característico sonido metálico, y dejo de ser un objeto curioso y con cierto magnetismo extraño para convertirse en un instrumento letal.Dejó con sumo cuidado el arma sobre su escritorio, atiborrado de libros y papeles caoticamente ordenados, y releyó por última vez, la nota que había preparado para cuando encontrasen su cuerpo roto. Es difícil escribir una nota de suicidio. Es como intentar sintetizar todo aquello que quieres decir a el resto del mundo, justo en un momento en el que tu cabeza piensa en un sinfín de cosas que nada tiene que ver con la gramática y su sintaxis.Pensó en como seria el día después, como seria el mundo sin el, mientras notaba como si una bola enorme le subiera desde el esófago a la boca y amenazase con rasgar su garganta. Ahogó un sollozo, y comprendió en ese preciso instante, que todos los días muere gente en esta pequeña pelota de barro que vuela a ciegas por el cosmos. Gente buena y amable y otros que no lo son tanto. El día siguiente seria exactamente igual que los anteriores, con la única y triste diferencia, de que las vecinas de su edifício tendrían algo sobre lo que hablar en los corrillos matutinos. “-pues era un chico muy serio.” Diría una. “Si, pero muy amable, aunque en su casa siempre se oían gritos y discusiones.” le contestaría la otra. Pero nadie, ninguna de esas personas anónimas que hablaban sobre el, sabrían nunca, que se escondía tras lo ojos tristes de aquel hombre serio y amable en cuya casa siempre podían escucharse gritos de discusión.
Se sentó en la cama contemplando con los labios guardando silencio, pero con toda una cacofonía de voces e ideas en su cabeza, aquella habitación, que había sido a la vez, refugio y prisión. Sí es verdad, que una parte de nosotros, de nuestra energía, se queda impregnada en las cosas que usamos y que nos acompañan a lo largo de nuestra vida, desde luego aquellos libros que tenia frente a el, estaban cargados de amores y odios, deseos y esperanzas, todo un sinfín de vivencias, que ahora estaban a punto de convertirse en entropía. ¿Qué seria de aquellas paginas que le habían transportado a lugares remotos tantas y tantas veces?, ¿qué de Neva, su gata, que lo contemplaba con toda la inocencia de la que es capaz de mirar un gato. Seguramente en un principio se asustaría y se escondería debajo de la cama, para salir un poco mas tarde a lamer sus sesos del suelo. Aparto esa idea horrible pero cierta de la cabeza, de un manotazo, como el que espanta una mosca, y dirigió una mirada triste a su móvil. Durante un segundo, tuvo la tentación de llamar a su mejor amigo, e incluso a la última mujer a la que amó, pero enseguida se dio cuenta de que aquello sólo podia traerle complicaciones, torturar sin querer a la gente que amaba, o incluso que estos le persuadieran de que no llevase a cabo su auto-destructivo plan. Visualizó algunos momentos felices, para que lo ultimo que cruzase su mente (antes de aquel proyectil cobrizo-verdoso de 9mm largo), fuese un recuerdo bello, como colofón a su vida desperdiciada. Se vió a si mismo, besando a una mujer sin rostro, acariciendo el pelaje parduzco de Neva y riendose a carcajadas con algunos buenos amigos. Amigos que tardarian unos dias en enterarse de que el ya no estaría, porque no los veia mucho ultimamente de todas formas. Dejó su nota de suicidio en la cama junto a el, y llevo el pesado arma hasta su cabeza. Cuando sintió el frío del metal se puso a temblar y comenzaron a asaltarle dudas. ¿Y sí no moria y se quedaba incapazitado? lo cual era lo unico que le daba más miedo que seguir vivendo, y motivo principal por el que no habia optado por otras formas de suicidio como tirarse desde lo alto de un puente, algo demasiado publico y melodramatico para una persona seria como el. Optó por meterse el cañon en la boca, con lo que conseguiria volarse el bulbo raquideo y seria más que dificil sobrevivir. Suspiro hondo e hizo presión en el gatillo, que estaba más duro que lo que habia imaginado en un principio. Ademas el hecho de que sus manos temblasen alentadas por su instinto innato de supervivencia no ayudaba demasiado. Finalmente hubo una explosion sorda, y la cabeza salto violentamnte hacia atras como si de un muñeco roto e invertebrado se tratase, siendo solo unqa horrenda caricatura de un rostro. Y las ideas, (malas o buenas), las esperanzas e ilusiones de aquel hombre, serio pero educado, que siemrpe saludaba a sus vecinos en el ascensor, pintaron una escena de rojo, negro y purpura sobre la pared de aquella habitacion, que habia sido refugio a la par que prisión y que ahora sin embargo era una tumba.

>Fragmentos. (cuento corto)

Publicado: 23 septiembre, 2010 en Relato

>Él no fue nunca un hombre sencillo. Jamas se detenía mucho tiempo en intentar averiguar por donde le llevaría su vida, si no más bien, donde le dirigiría su convulsa imaginación.No era de esas personas que se vistiesen por los pies por la mañanas. En realidad preferiría andar desnudo por su casa hasta que alguna visita incomoda le empujaba a seguir las normas del pudor y a salir de sus ensoñaciones.
Comenzó muy temprano la aventura del “amor”, demasiado pronto dirían algunos. Era apenas un crío cuando experimentó la dulce sensación de un beso. Eso si, no le pareció nada extraordinario. No fue un beso como aquellos de las películas dominicales en blanco y negro. Fue torpe, corto y desalentador. No creía que fuese algo que recordase toda su vida, como tantas veces había oído decir del primer beso.Algún tiempo después, llego su primera experiencia sexual. Y el resultado fue el mismo. ¿aquello era todo?, ¿esto era por lo que los hombres perdían la cabeza?. Paso el tiempo y como casi todo en la vida, fue cambiando. Aquella primera chica se queda varada en algún lugar de su amplia memoria emocional, no sin antes pedirle un favor. – me voy de tu lado. Le dijo. -pero como recuerdo de este tiempo pasado en común, quiero algo tuyo, lo que tu decidas. Él pensó y pensó. Ya le había regalado sus torpes palabras a modo de poema, incluso le regaló un anillo fabricado con los cristales de sal de sus lágrimas el día que ella decidió abandonarlo. Miró el cielo nocturno, y al contemplar el plateado halo de la luna, que estaba en cuarto menguante, supo que darle a aquella que se marchaba de su lado para siempre. Abrió su pecho saco su corazón y arrancando un pequeño mordisco, se lo entrego y después se dio la vuelta para no volver a verla jamás.

El tiempo, siguió transcurriendo inexorable. El pecho le dolía de vez en cuando, pero no creyó que le diese problemas.-Tengo un corazón muy grande. Pensó. Algunos mese después volvió a sentir la maravillosa sensación de estar enamorado. Una chica libre como el viento, que tenia una curiosidad insaciable. Las noches de aquel verano se convirtieron en largas charlas sobre los mas diversos temas, y él la escuchaba embobado, impresionado por todo aquello que ella le contaba y le preguntaba. Aquel estío se agoto entre risas y charlas, y ella considero que ya no podía seguir satisfaciendo su curiosidad en aquel lugar ni junto a él. En el momento en que ella se disponía a emprender su viaje, la llamó a gritos, y le dijo: -he aprendido mucho a tu lado, he bebido en las fuentes de la poesía y la filosofía, justo es, que yo también te de algo. Y abriendo su pecho por un lugar distinto al anterior, se arranco otro trozo del corazón, y envolviéndolo en un pañuelo se lo entrego. Ella, lejos de verlo como un gesto de amor. Se sentó en su butaca del autobús, y curiosa se puso a observarlo, como si de otro libro que leer se tratase. esta fue la ultima vez que la vio, mientras se alejaba, rumbo a nuevos conocimientos que descubrir.

Todo aquel año, y el siguiente, fueron duros, porque su corazón mutilado, no funcionaba como debería, aun así, siguió viviendo, alternado entre la melancolía y la dicha, como se suceden el día y la noche en la vida de todos los nacidos.

Sentía de vez en cuando unas terribles punzadas en el pecho, pero estas, se veían mitigadas por nuevos amores que se cruzaron en su camino. Algunos de ellos fueron dulces y apasionados como un recuentro largamente esperado. Otros en cambio, se llevaron de él mucho mas de lo que dejaron. Y siempre, sin excepción, se llevaron un pedazo de su órgano mas valioso cuando lo abandonaron en el camino, cansadas todas de un poeta sin versos, de un amante con los besos marcados, como los naipes de una partida de poker en la que ya no había nada que ganar.

Aunque el amaba con rabia, y se entregaba como si no hubiera un momento que perder, fue echando en falta, aquellos pequeños fragmentos de corazón de los que se había desprendido desde que siendo apenas un niño, diese aquel primer beso, torpe y desalentador.Llego un día en el que su alama estaba colmada de besos y abrazos, de sentimientos encontrados. De perdidas y encuentros, de promesas incumplidas y ruegos no escuchados. él vació su alma a la par que su corazón iba menguando, tal y como aquella luna que le inspiro la primera vez. Hasta el punto que notó que le faltaba el aliento, que la sangre no llegaba a todos aquellos puntos que debería, y en ocasiones, la sensación de debilidad era tan acusada, que incluso le faltaban fuerzas para besar los labios inseguros de aquella que ocupaba el minúsculo fragmento de corazón que le quedaba y que estaba situado ahora en un pecho demasiado vacío. Ella era una mujer de fuertes contrastes: Fuerte e insegura, bellísima, aunque esa belleza no se reflejaba en su espejo, aunque si todos los demás. Tierna y dura, rica en experiencias y pobre de espíritu por una vida demasiado dura, que no se correspondía con unos ojos tan sinceramente nobles. A pesar de amarla con todo lo que le permitía sentimiento mutilado, ella pedía y pedía, tanto como él lo había hecho en el pasado. Al conocer y comprender perfectamente lo que se retorcía ansiosamente en el interior de ella, decidió, entregarle el pedacito que guardaba, como un avaro usurero. Pensó que así aliviaría las inseguridades de aquella que le había hecho sentirse virgen de sentimientos. Pero cuando abrió aquel pecho, que más bien parecía un campo de labranza donde se hubieran sembrado cicatrices, descubrió con sumo dolor, que apenas una débil porción del que antaño había sido un brioso motor. Intento extraerlo, más pago con un desvanecimiento su osadía.”-Es ella y esta aquí, pensara que no la amo, que no la correspondo, me abandonara y ni siquiera podrá llevarse un trocíto de lo que soy. Me olvidara como olvida el alba a la noche.” Mientras estas ideas se arremolinaba en su torturado cerebro, vio en un callejón, el cuerpo inerte de un gato pardo, que caminaría silencioso sin duda alguna, por los soleados palacios de Bats, desde hace al menos dos días. Las cuencas de lo que otrora fueron dos orgullosos y desafiantes ojos de fuego, servían ahora de corrupto cubil a las larvas, que en su febril socavar, había devorado ya la mitad de la cabeza. Aquel hombre sencillo, que jamas se detenía mucho tiempo en intentar averiguar por qué derroteros le conduciría la vida, se sentó piadoso ante el cuerpo del felino, y abrió de un certero tajo, el pecho de la pobre bestia. Arrancó el corazón, que aun estaba caliente porque es la vasija donde se deposita la pasión de los gatos, y lo envolvió cuidadosamente en un paño. Aquella misma noche, fue a buscar a su amada, que impaciente lo aguardaba. Se puso sereno frente a ella, y depositando un beso en aquella frente intranquila, como las aguas de un riachuelo en el deshielo primaveral, le entrego el presente, y le dijo, intentando en vano parecer seguro:

Aquí tienes el ultimo fragmento,
aquí mi alma, mi orgullo, mi aliento,
te entrego el recipiente de un alma torturada
ahora es para ti,
mi corazón, mi vida, mi última amada.

Ella recogió el paño manchado de sangre y aun tibio como una mentira, y posando una ultima mirada, sobre esos ojos que había jurado mil veces no dejar jamas de adorar, se levanto y lo dejo allí solo, manchado de esa soledad, que solo sienten aquellos que han amado y perdido alguna vez.La espero, durante toda la noche, que debió durar dos o tres noches seguidas, sintiendo toneladas de horas sobre su pecho ya agotado. El sueño le encontró llegando ya el alba, y durmió y durmió. No recordó ningún sueño aquella velada, más supo al despertar que no había descansado, y el sudor empapaba su cama solitaria. Esa misma cama donde había devorado mil veces a aquella mujer ahora ausente.Preocupado por la tardanza de aquella que se había marchado con el corazón de un gato anónimo, fue a buscarla a su casa. Ésta, estaba situada en el punto más alto de una colina, porque su dueña pensaba que estando tan alejada de mundo, las penas no se tomarían la molestia de ir hasta allí a molestarla. Cruzó el umbral de la vieja puerta, y su sangre, escasamente bombeada, se quedo estática en sus venas. En esas mismas venas llenas de remiendos que apenas le mantenían en pie.Colgada de una viga del techo de salón, pendía el cuerpo de su ultima amada. Había elegido un vestido blanco casi transparente, quizás para convencer al barquero de que le dejase pasar. A sus pies, ya helados había una nota escrita apresuradamente, y llena de borrones producidos por las lágrimas de los últimos momentos. LA cogió delicadamente, como si se tratase de un tomo sumamente antigua y valioso, y lo leyó a través del prisma de sus lágrimas:

“No me amas, jamas lo hiciste. este corazón es pequeño y esta podrido, no podría caber en él, todo el amor que decías sentir por mi. Es un corazón cálido, si, pero estaba ya muerto antes de que te lo arrancases del pecho. Adiós.”